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Es hora de andar más liviano

Hace unos años, haciendo parte del Camino de Santiago, caminando 500 km con una pesada mochila a cuestas, pudimos sentir en el cuerpo, literalmente, lo importante que es andar liviano.
A todos quiénes conocimos en ese tiempo, nos tocó en algún momento, decidir que cosas seguían viaje en nuestra espalda y que cosas se quedaban en un recodo del camino.
Hemos visto personas (que habían empezado con mucha carga) despojarse de casi todo a un costado del sendero en medio de la nada, buscando hacer más ligero el trayecto.
Algunas personas, cargaban con lo que otros dejaban y no tenían más remedio que soltarlo más adelante.
Cargamos bultos ajenos y pedimos ayuda para llevar nuestro peso.
Y en esos 20 días de mochila y zapatilla, entendimos muchas cosas de las cargas innecesarias que tenemos en nuestras espaldas. Cargas que están disfrazadas de imprescindibles, cargas que solo son apegos de otros tiempos. Cargas emocionales, materiales, reales y simbólicas. Todas cargas al fin.
Entendimos el miedo que da soltar y la alegría que se siente al conseguirlo.
Entendimos que a veces soltamos algunas cosas que ahora extrañamos y supimos que es válido volver a buscarlo y si no está, nos toca aprender a vivir con las decisiones tomadas y confiando en el proceso.
Sobre todo entendimos la importancia de vaciar la mochila, revisar el contenido, hacer limpieza y luego volver a caminar.

Les dejo un texto, cuyo autor/a desconozco y que hace tiempo leí (y copié) del muro de alguien, que gráfica más o menos lo que les contaba.
Con amor
Laura y Andrés
❤️❤️❤️

Momento de limpiar la mochila
Te vas a sentar en el piso y vas a dar vuelta la mochila que tenés colgada.
Así, entera.
No importa la mugre que se haga. Mejor que quede en el pasto y no en tus hombros.
Ahí va, toda tirada.
Empezá a revisar con los dedos a ver qué hay.
Cosas que ni te acordabas que tenías pero que guardás igual.
Te ocupan lugar y no te sirven de nada.
Dale. Agarrá una bolsa y empezá. Esto se queda, esto se va.
Estás mirando tu quilombo en el piso.
Míralo. Vamos! Sacudí.
¿ Para que querés eso?
Para nada… ¡¡Tíralo!!
¿Y eso otro? ya está vencido… ¡a la bolsa!
Mira a esa gente que guardabas en la mochila. No sabes ya ni quiénes son.
Si ni siquiera conocés el calor de sus manos cuando necesitábas un abrazo. ¿Y eso? ¿De que te sirve? A la bolsa. ¡Vamos!
Con tu mochila tirada y abierta en el piso, vas a limpiar y a separar: te vas a quedar solamente con lo que no querés sacarte de encima.
Te vas a quedar sólo con eso que, ocupando lugar, te aliviana.
Con eso que te pinta la sonrisa en la cara. Te la dibuja. Te la devuelve. Te vas a quedar con lo que te hace bien.
El resto es abono y se queda en el pasto.
En la bolsa, no en tus hombros, porque es pasado. No sirve. No suma. No aporta. Ocupa lugar y pesa.
Lo estás mirando. Te estás mirando. Le haces una reverencia, agradeciéndo porque por algo algún día estuvieron ahí, y seguís. Porque vas a seguir!
Terminá de acomodar las cosas.
Volvé a meter lo que hoy, estás eligiendo y volvé a cerrar la mochila.
Te parás y te la colgás. Caminá derechita.
Respirá y exhalá el suspiro de tu vida. Que ese suspiro reviente. Secate las lágrimas y seguí. Mira al cielo y soltá las manos. Abrilas.
Sonreí . Dale que ahí vas. . Ahora caminá.
Te felicito. Estás empezando a viajar otra vez.

Laura Di Donato
Laura Di Donato

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